La cinta que llevaba 28 años sin escucharse

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PARTE 1 — LA MUJER QUE NO DEBÍA ESTAR EN LA FIESTA

Sofía Karaca había imaginado muchas veces cómo sería entrar en la casa de los Arslan.

Nunca imaginó hacerlo con un casete dentro del bolso.

La mansión se levantaba sobre una colina de Estambul desde la que podía verse el Bósforo iluminado por cientos de luces.

Aquella noche se celebraba una gala benéfica.

Había empresarios, médicos, artistas y periodistas.

Sofía no pertenecía a ninguno de aquellos grupos.

Trabajaba como restauradora de archivos sonoros en una pequeña institución cultural.

Su vida transcurría entre grabaciones antiguas, cintas deterioradas y voces que parecían regresar del pasado.

Quizá por eso el descubrimiento de aquella cassette había resultado tan perturbador.

La encontró una semana después de la muerte de su madre.

Aylin había fallecido tras una enfermedad breve.

Ordenando el armario encontró una caja de metal.

Dentro había fotografías, recibos, dos pendientes sin pareja y una cassette transparente.

En la etiqueta solo aparecían tres palabras.

“Para Sofía. Después.”

No existía reproductor en la casa.

Sofía llevó la cinta al estudio.

Comenzó a digitalizarla.

Los primeros treinta segundos contenían silencio.

Después escuchó la voz de su madre.

—Si estás escuchando esto, probablemente yo ya no pueda explicártelo.

Sofía sintió que se le cerraba el estómago.

Continuó.

—No quiero que odies a nadie. Ni siquiera a Necla.

Ese nombre la obligó a detener la grabación.

Necla Arslan.

No era un nombre corriente.

Una búsqueda bastó para encontrar a una de las empresarias más conocidas de Turquía.

Presidenta de una histórica fundación cultural.

Viuda.

Madre de un único hijo, Selim.

Sofía siguió escuchando.

La grabación se deterioraba justo después.

Solo pudo rescatar unas frases.

“Hotel.”

“1998.”

“Ella estaba conmigo.”

“Necla tomó una decisión.”

Y después:

“Si quieres saber por qué nunca conociste a tu padre…”

La cinta se cortaba.

Sofía necesitaba otro equipo para recuperar el resto.

Pero había algo más.

Dentro de la caja de su madre encontró una invitación antigua.

Fundación Arslan.

La gala anual.

El evento seguía celebrándose.

Dos días después, Sofía consiguió contactar con Selim Arslan a través de una conocida común relacionada con la fundación.

No le contó toda la historia.

Solo mencionó que poseía una grabación en la que aparecía el nombre de su madre.

Selim la invitó a asistir.

Necla no sabía nada.

Ese fue el primer error.

Cuando Sofía llegó a la mansión, Selim la recibió personalmente.

Era diferente de como aparecía en fotografías.

Menos distante.

—Gracias por venir.

—No estoy segura de que deba estar aquí.

—Después de escuchar lo que me dijiste, yo tampoco.

Hablaron apenas diez minutos.

Sofía explicó que su madre se llamaba Aylin Karaca.

Selim no reconoció el nombre.

Entonces Necla entró.

La matriarca se acercó a su hijo sonriendo.

Hasta que vio a Sofía.

Después vio el casete.

Su sonrisa desapareció.

—¿Qué llevas en la mano?

Sofía ni siquiera tuvo tiempo de responder.

Necla tomó un vaso de agua.

Lo lanzó sobre ella.

—¡Lárgate de mi casa y deja de chantajear a mi familia!

El salón entero quedó en silencio.

Selim reaccionó primero.

—¡Mamá!

Sofía sintió el agua bajando por su rostro.

Pero la vergüenza desapareció rápidamente.

Necla conocía la cinta.

Aquello era lo único importante.

Sofía colocó un pequeño reproductor que había llevado consigo sobre la mesa.

Pulsó play.

La voz de Aylin llenó el salón.

—Necla… si algún día mi hija escucha esto...

La mujer se lanzó hacia el aparato.

Selim la detuvo.

—¿Qué estás haciendo?

Sofía la miró.

—¿Por qué mi madre sabía su nombre?

Necla dejó de luchar.

Toda la autoridad que había mostrado un minuto antes desapareció.

—Porque aquella noche yo elegí cuál de las dos debía desaparecer.

Sofía sintió un escalofrío.

—¿Cuál de las dos?

Necla miró a su hijo.

—Aquí no.

Selim respondió:

—Aquí empezó. Aquí lo terminaremos.

PARTE 2 — 1998

La gala terminó antes de lo previsto.

Los invitados recibieron una explicación sobre un problema familiar.

Una hora después solo quedaban tres personas en la biblioteca.

Necla.

Selim.

Sofía.

La cassette descansaba en el centro de la mesa.

Necla pidió un whisky.

Sofía rechazó cualquier bebida.

—Mi madre habló de un hotel.

Necla cerró los ojos.

—Hotel Bosporus Palace.

Selim conocía el lugar.

Había pertenecido a su abuelo.

Cerró hacía veinte años.

—¿Qué ocurrió allí?

Necla comenzó lentamente.

En 1998, su matrimonio atravesaba una crisis.

Su marido, Murat Arslan, mantenía una relación con una joven cantante que actuaba algunas noches en el hotel.

Aylin.

La madre de Sofía.

Sofía se quedó inmóvil.

—¿Mi madre era amante de su marido?

Necla negó.

—Eso creí durante años.

Aquella noche cambió todo.

Necla había llegado al hotel después de recibir una llamada anónima.

Encontró a Aylin llorando en una habitación.

También había otra mujer.

Derya.

La hermana menor de Necla.

Selim se inclinó hacia delante.

—¿Tía Derya?

La mujer había muerto en un accidente automovilístico en 1998.

O al menos esa era la versión familiar.

Necla continuó.

Murat no mantenía una relación con Aylin.

La relación era con Derya.

La propia hermana de Necla.

Aylin era amiga íntima de Derya.

Había intentado convencerla de terminar aquella relación.

Pero esa noche todo había explotado.

Derya estaba embarazada.

Murat quería abandonar a Necla.

Necla, desesperada, llegó al hotel.

Hubo una discusión.

Derya salió corriendo.

Aylin fue detrás.

Poco después ocurrió un accidente en la carretera costera.

Un automóvil cayó por un terraplén.

La policía encontró documentos de Derya dentro.

El cuerpo estaba irreconocible.

La familia asumió que era ella.

—¿Asumió? —preguntó Selim.

Necla comenzó a llorar.

—Yo sabía que no.

Sofía comprendió.

—Era otra mujer.

Necla asintió.

La fallecida era Aylin.

O eso creía Necla entonces.

Sofía se puso de pie.

—Mi madre murió la semana pasada.

—Lo sé ahora.

El accidente había sido todavía más complicado.

Dos mujeres habían sido trasladadas a diferentes hospitales.

Una sin identificación.

La otra, gravemente herida, había sido llevada por un conductor particular.

En medio del caos, Necla recibió una llamada.

Alguien del hotel había encontrado a Derya.

Estaba viva.

Desesperada.

Quería desaparecer.

La familia enfrentaba un escándalo monumental.

Murat era un empresario conocido.

La prensa ya sospechaba de la relación.

Necla tomó una decisión.

Permitió que todos creyeran que Derya había muerto.

A cambio, Derya abandonaría Turquía para siempre.

—¿Y mi madre?

—Creí que era la mujer muerta.

Pero Aylin también había sobrevivido.

Había perdido parte de la memoria durante meses.

Cuando recuperó recuerdos suficientes para comprender qué había ocurrido, Derya ya había desaparecido.

Murat también había muerto poco después por una enfermedad.

Sofía apretó las manos.

—¿Por qué mi madre nunca me contó nada?

Necla miró la cinta.

—Porque faltaba una parte.

La cassette original había sido grabada varios años después.

Aylin había intentado contactar con Derya.

La encontró.

En Marsella.

Derya había tenido una hija.

Pero el bebé no era de Murat.

Aquello sorprendió incluso a Necla.

—Entonces ¿por qué desapareció?

—Porque Derya también había mentido.

Nunca estuvo embarazada de mi marido.

Utilizó esa historia para obligarlo a darle dinero.

Murat había descubierto el engaño la noche del accidente.

Aylin estaba allí intentando detenerlo todo.

Sofía sintió que cada respuesta abría una pregunta nueva.

—¿Y mi padre?

Necla bajó la mirada.

—Ese era el verdadero secreto de tu madre.

PARTE 3 — LA PARTE PERDIDA

Sofía necesitó dos días para restaurar el resto de la cassette.

Selim estuvo presente cuando reprodujeron la versión completa.

La voz de Aylin apareció entre chasquidos.

—Sofía, durante años creí que tu padre había muerto sin saber que existías.

Sofía contuvo el aire.

—Pero me equivoqué.

La grabación seguía.

Aylin había conocido a un fotógrafo llamado Cem Karaca durante su recuperación.

Cem la ayudó cuando no recordaba casi nada.

Se enamoraron.

Aylin quedó embarazada.

Pero Cem desapareció pocos meses antes del nacimiento.

Aylin siempre creyó que la había abandonado.

Décadas después descubrió que Cem había recibido una amenaza.

No de Necla.

De Derya.

Derya temía que Aylin revelara la verdad del accidente.

Amenazó con involucrarla en una investigación criminal y destruir la vida que Cem estaba construyendo.

Él se marchó.

Pero nunca dejó de buscar a Aylin.

Sofía detuvo la grabación.

—¿Está vivo?

Selim había investigado el nombre.

Encontró un hombre de setenta años viviendo en Esmirna.

Sofía viajó dos días después.

Cuando Cem abrió la puerta, necesitó apenas un segundo.

Los ojos de ambos eran iguales.

El hombre comenzó a llorar.

—Aylin.

—Soy Sofía.

Cem tuvo que apoyarse en la pared.

Había conservado cartas.

Decenas.

Todas devueltas.

Aylin nunca las recibió.

Derya había pagado durante años a una persona para interceptarlas.

No porque quisiera hacer daño a Sofía.

Porque tenía miedo.

Toda su nueva vida se sostenía sobre el silencio.

Sofía descubrió también que Derya seguía viva.

Vivía en Francia.

Necla llevaba casi treinta años sin verla.

Selim convenció a su madre de realizar una videollamada.

Al principio Derya se negó.

Finalmente apareció en pantalla.

Tenía setenta años.

Miró a Sofía.

—Te pareces mucho a ella.

Sofía no sonrió.

—Mi madre murió creyendo que mi padre la abandonó.

Derya bajó la mirada.

—Lo sé.

—¿Por qué?

—Porque era cobarde.

No hubo excusas.

Derya confesó todo.

No existió asesinato.

No existió una conspiración perfecta.

Solo una cadena de decisiones egoístas tomadas por personas aterrorizadas de perder sus vidas.

Necla había protegido a su hermana.

Derya había protegido su mentira.

Murat había protegido su reputación.

Y Aylin había terminado pagando el precio.

EPÍLOGO

Tres meses después, Sofía volvió a la mansión Arslan.

No había gala.

Solo una cena pequeña.

Necla la recibió en la puerta.

—Nunca te pedí perdón.

Sofía respondió:

—Pedirlo no cambia lo ocurrido.

—Lo sé.

Necla sostuvo una caja.

Dentro había fotografías del hotel.

En una aparecía Aylin cantando en el pequeño escenario.

Joven.

Sonriendo.

Sofía acarició la fotografía.

—Mi madre nunca tuvo fotos de esa época.

—Porque todos queríamos olvidar.

Sofía levantó la vista.

—Yo no.

Necla asintió.

Selim apareció desde el comedor.

Cem estaba con él.

Sofía había recuperado a su padre demasiado tarde para recuperar una infancia.

Pero no demasiado tarde para conocerlo.

La cinta permaneció en su archivo personal.

Nunca volvió a escucharla entera.

No lo necesitaba.

La voz de su madre ya había hecho aquello para lo que fue grabada.

Abrir una puerta.

Y obligar finalmente a todos a atravesarla.

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